LA INMORTALIDAD DE LA ALQUIMIA

Uno se pregunta, cuando estudia la alquimia sagrada ¿Cómo fue su verdadero origen? ¿Forma parte de una tradición fabularia? ¿O debemos buscar sus pálidas raíces en lo que debió haber sido un legado muy antiguo? ¿Y de donde nació o vino ese legado?.

Forzosamente, siempre que buscamos entender algo debemos reconocer su origen. Mis estudios sobre la biología humana, el comportamiento animal, y lo penoso que le fue a la evolución convertirnos en lo que somos me hace ser escéptico en cuanto a un origen sobrenatural de la alquimia.

Tampoco considero que sea un legado de una civilización de otro mundo o de este mismo mundo, anterior a esta humanidad (y la palabra Atlántida me viene a la cabeza). Mucho menos que haya nacido de mezclas inéditas y aleatorias efectuadas en un hornillo o matraz primitivo por el anónimo primer alquimista.

La alquimia, bien vista para algunos, es un conocimiento científico novedoso. No implica que evolucionemos espiritualmente o que saltemos de pronto a una fase dimensional superior. Por el contrario – la gran mayoría opina – que la alquimia es un conocimiento científico añejo aun no descubierto. Y ese conocimiento es lo que nos puede cambiar intelectualmente a través de su comprensión. Así, al menos, piensan muchos modernos y antiguos alquimistas.

Muchos psicólogos hoy día explican la alquimia como el producto elaborado de nuestro profundo inconsciente colectivo, conformado por diversos arquetipos: esencias que llevamos dentro nuestro desde tiempos inmemoriales. Me parece simplista esta visión Jungiana.

No me cuesta imaginar a ese hipotético primer alquimista preparando la Gran Obra, buscando por medio del instinto y la observación aquello que mejoraría su vida de maneras incalculadas. Lo veo sentado observando completamente abstraído las leyes silenciosas de la naturaleza. Descubriendo en la observación el secreto. Oyendo del silencio las palabras necesarias para actuar.

Esto guarda cierta lógica con el tratado de Roger Bacon, tan exacto y didáctico, donde enseña que fue a través de la observación atenta de la formación de los minerales y metales lo que llevó a desarrollar la forma de hacer oro. ¿No creen que la alquimia es más plausible que haya nacido de una observación profunda de la naturaleza en lugar de llegar de las estrellas o de otra humanidad?.


LA PASIÓN DE ORO Y SALUD

¿Y qué buscan , generalmente, los alquimistas?.

Pues, luego de leer y releer numerosos tratados, de conversar con alquimistas y de hacer mis propios ensayos, sé que buscaban , principalmente, la manera de llegar a una medicina Universal, panacea que remedia todos los males de esta tierra. Pero también , como particular, hacer oro.

Nada de percepciones misteriosas o pasajes a otras dimensiones. Nada de poderes místicos y legendarios. Buscaban el triple gaje: prosperidad, salud y sabiduria.

Así es, al menos, como concibo un origen a la alquimia (origen que no necesariamente trae consigo una panacea)

Pero ¿por qué se le llamó Lapis Philosophorum o “piedra filosofal” al producto desarrollado por esta vieja ciencia?.

Analicémoslo.

Piedra: es una obvia alusión a una roca, mineral o elemento no animado de la naturaleza.

Filosofal: proviene de filosofía, de aquella ciencia que estudia la esencia , causas y finalidad del universo (al menos ésta es la definición exacta que brindan ciertos diccionarios modernos).

Y si unimos ambos términos, podríamos interpretar algo así como:

Un elemento concreto por medio del cual se debería comprender los mecanismos secretos del universo”.

Sin embargo, por más que pueda ser plausible está definición, el diccionario básico tiene otra interpretación:

“Material con el que los alquimistas buscaban convertir en oro”.

Algo, ciertamente, mucho más mundano y vulgar que el propio término, bien entendido, no lo comprende.




AL FIN...

¿Y qué nos queda de todo esto?.

Leemos la historia. Brillantes hombres se largaron a la búsqueda de la “piedra”. Entre ellos Pierre Dujols, Eugene Canseliet –discípulo del misterioso Fulcanelli, del cual ya hemos hablado en este sitio.

Y de los relatos de los alquimistas modernos, prácticamente no hay vestigios de que hayan logrado arrimarse al secreto (salvo, - dicen - Simón H, moderno alquimista que cobra por sus cursos para hacer oro, y del que nadie vio fabricar salvo, quizá, en sus textos y en su fértil imaginación) Incluso más: muchos fallecieron irremediablemente en la pobreza absoluta; otros, víctimas de sus propios experimentos.

Se puede decir que, mayormente, en la reciente época moderna empezaron a proliferar interpretaciones místicas y espirituales de la alquimia y la Gran Obra. Jacques Bergier y Luis Pauwels –en su “El Retorno de los Brujos” – impusieron la moda de ver desesperadamente hacia atrás: el pasado.

Y resucitaron viejos “linajes” de conocimientos claramente demostrados como anticuados. Lo suyo era un intento de rebeldía contra la ciencia oficial. Intento que, lamentablemente, cautivó a muchos jóvenes entusiastas proclives a la credulidad. Fue un grito desaforado y efectivo desde las recónditas letras de sus ensayos. Así volvió a una nueva generación el nombre de Fulcanelli.

Y todos –me incluyo primero –empezamos a leer una y otra vez sus volúmenes más populares. Con el tiempo unos pocos de nosotros hemos descubierto quien era –o quienes eran – Fulcanelli.

Al advertirlo notamos una profunda decepción. Porque del “clan” Fulcanelli, ninguno pudo coronar la Gran Obra. Se trató, como vimos aquí mismo, de un engaño por parte de un insatisfecho filosofo (Champagne, aquel maestro “de cabellos largos que tocaban los hombros” del aprendiz Canseliet, según leemos en el prólogo a las Moradas Filosófales) que no llegó muy lejos en sus elucubraciones, y murió de una cruda gangrena.

Por eso, pienso, es necesario –antes de perder años y energías – saber efectivamente qué es la “piedra”. Y si alguien, realmente, la logró alguna vez.

Dicen – lo cual puede ser dudoso – que Roger Caro, mejor conocido como Kamala Jnana la logró basándose en la extracción del mercurio y azufre contenido en el Cinabrio.

Rubellus Petrinus, gran alquimista moderno, ha ensayado - tal como me comentó - reiteradas veces la técnica. Y no logró tal separación por mucho que intentara.

Pero cuando ocurre algo así, los alquimistas insisten que pasa porque falla algo en la evolución espiritual de la persona (o que el clima o la atmósfera no ayudó).

Quiero dejar claro algo por enesima vez (IMO): tal evolución es ilusoria. La única evolución es la de las especies, a través de la selección natural, el resto es conjetura que se quiebra al medio al corroborar y observar el reino animal, tan emparentado –no solo genéticamente, sino socialmente- con nosotros.

Quien tenga dudas de lo que somos debería observar a sus primos chimpancé. Esto no significa, desde luego, que seamos iguales, pero sí muy parecidos.

Lo cierto es que, nuevamente –y como los tratados – todo tiende a rodearse de una nebulosa fastidiosa. No sabemos efectivamente si alguien logró tal Medicina –que es lo que nos atrae, al menos a mi, principalmente, más que el oro – o si se trató , como acostumbra la especie humana, de una mentira. Kamala Jnana, a pesar de sus elogioso tratados donde fotografió paso a paso la Gran Obra, murió como cualquier mortal. Y ahi tiene la foto de su "piedra".




DE LOS MANUSCRITOS A LAS CATEDRALES

¿Pueden ser válidos los manuscritos antiguos? ¿En verdad pueden contener potencialmente algún secreto? Mi experiencia me dice que si. Y que si esconden algo realmente, es la manera de descubrir el secreto de la Creación y validar, de paso, ciertos postulados religiosos (esto, para muchos, quizá será suficiente para lanzarse al estudio de la Gran Obra).

Vemos a Nicolas Flamel y Eireneo Filaleteo hablando el mismo lenguaje de alegorías y símbolos aunque jamás fueron contemporáneos. ¿Debemos pensar que hablaban igual porque conocían el mismo secreto o porque uno imitó burdamente al otro sin haber descubierto nada y decepcionado de pasar años estudiando una quimera?

Un buen argumento –y aunque por “bueno” no significa que sea perfecto – de defensa que tiene la alquimia son las catedrales. Allí hay algo –dicen eufóricos muchos- que se pretendió esconder. Un secreto , sistema o forma de pensamiento lo suficientemente importante como para dejarlo esculpido en importantes monumentos religiosos y no religiosos.

Pero ¿podemos pensar en un conocimiento revolucionario por el mero hecho de estar esculpido? ¿Acaso no podemos pensar lo mismo de los jeroglíficos de las pirámides? ¿O de los símbolos mayas? Pero claro, han sido descifrados, y su valor, hoy día, es claramente típico de la cultura, nada revolucionario.

Pero debemos matizar. Ciertamente no es lo mismo una cosa y otra.
Personalmente veo que si existe tanto empeño en dejar esculpido algo así como un secreto que sólo los iniciados pueden comprender por algo será. Noto un empeño, un denudado esfuerzo por parte de los alquimistas medievales por hacer prevalecer aquello tan sagrado en sus catedrales.

Así es como, pese a todo, la alquimia misma finalmente se hace inmortal. Porque las piedras jamás hablan pero nos ensordecen con su silencio.






By: Cristiano

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